Una meditación en la clase de Ética.

Una vez les dije a mis alumnos de la clase de Ética de Primero de Bachillerato C que íbamos a hacer una meditación muy breve. Les pedí que se mantuvieran en silencio y con los ojos cerrados e intentaran seguirme mentalmente al ritmo de mis palabras. Hubo alboroto ante la novedad, nerviosismo y un par de bromas.

Cerrad todos los ojos, y respirad lenta, profundamente, les pedí con voz calma. Bien. Visualizad a vuestros padres, y detrás de ellos a sus padres, y detrás a vuestros bisabuelos, y así hacia la profundidad, mucha más gente, un océano de personas que se remonta al principio de los tiempos. Estáis ahí mismo, frente a una estirpe milenaria que ha venido reproduciéndose invariablemente generación tras generación hasta llegar a vosotros…

Los muchachos estaban centrados, tranquilos, y yo seguí hablando. …Hubo muchos hombres que murieron en guerras antes de dejar descendencia, pero no en vuestras estirpes, sino en muchas otras, que ya desaparecieron… Hubo muchas mujeres que murieron de pequeñas, en epidemias o hambrunas, pero no en vuestras familias, nunca en vuestras familias… Todos ellos – a los que los chicos continúan mirando con los ojos cerrados – vivieron al menos lo suficiente para dar la vida que habían recibido de sus padres, invariablemente transmitiendo la vida durante miles de años, hasta llegar a vosotros. En eso fueron y son absolutamente perfectos: recibieron la vida que les llegó de atrás, y la pasaron hacia delante, con generosidad. Si alguno de todos ellos no hubiera existido, vosotros tampoco existiríais, sin más. No estaríais aquí respirando, mirándolos a todos ellos, infinitos…

El silencio era total, casi abrumador. Continué. …Y en cada una de nuestras estirpes milenarias hay una inmensa cantidad de dolor, ya que han sobrevivido a todo tipo de catástrofes, muertes, invasiones, enfermedades, abusos… Miradlo, tal vez podáis verlo… Y desde luego que también reside en ellas una ingente cantidad fuerza y de coraje, puesto que han sobrevivido a todas ellas. Sentid. Sentidlo. Toda esa fuerza, ese valor, todas esas ganas de seguir vivos, adelante…

Miradlo, sentidlo. Ese océano de personas sigue vivo en vosotros: vosotros sois sus representantes, su fruto, su promesa. Miradlos bien, a todos ellos, e intentad hacerlo con gratitud. En la medida en que lo hagáis, accederéis a toda la fuerza y la vida que viaja a través de ellos. Tal vez por un momento también dolerá, pero todo ese dolor ya anidaba en vuestros cuerpos, ya lo conocéis bien, íntimamente, y tal vez ya haya llegado el momento de soltarlo, de dejarlo marchar.

Soltad, dejad marchar, al ritmo de vuestra respiración, lentamente, sin preocupación. Mirad a vuestros padres y abuelos y a todos vuestros mayores con respeto y con gratitud, miradlos a los ojos, sonriendo, tomándoos vuestro tiempo… Sentid su fuerza, que se remonta al principio de la vida, y sentid su deseo de que tengáis una buena vida, mejor que la suya, por supuesto, la mejor de todas las vidas…

Muy poco a poco, a medida en que tengáis suficiente, os despedís con una profunda reverencia y os dais media vuelta, dejándolos a todos ellos detrás de vosotros, allí donde siempre están, apoyándoos.

Y con esa sensación, guardándola dentro de vosotros, cuando queráis empezáis a abrir los ojos y regresáis con los demás, a nuestra clase de Ética de Primero de Bachillerato C.

 

 

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