Antes, mejor, y más fácilmente.

Siempre habrá alguien que lo haya hecho antes, mejor y más fácilmente.

¿El qué? Todo, me refiero a todo: seguramente hay muchas personas que en todos y cada uno de los aspectos de la vida han llegado primero, con más éxito y más elegancia que nosotros. “Mejores vidas, mejores genes, mejores decisiones”. ¿Por qué a nosotros algunas cosas nos han costado tanto, e incluso ahora mismo nos siguen resultando tan difíciles?

El desarrollo no es lineal, no puede serlo.

El progreso se nutre de errores, los tiempos de cada uno son flexibles, íntimos, desesperantes algunas veces, el fin es incierto, ante todo incierto.

La variabilidad es un requisito de la existencia, la incertidumbre es la norma y la guía.

Muchas personas con serias limitaciones, enfermedades, biografías tormentosas e historias familiares impensablemente sórdidas terminan siendo genios de las artes, revolucionarios de las invenciones y las relaciones humanas, personas que desde sus dificultades, o a través de sus dificultades, se han puesto al servicio de la vida de una manera absolutamente novedosa y única.

¿Qué hay de ti, qué hay de mí? Yo, por mi parte, he necesitado el tiempo y el espacio que eran necesarios para llegar aquí, donde estoy ahora. Otros muchos hombres tal vez habrían llegado antes, o mejor. Otros no son yo. Y en este momento y lugar decido, nuevamente, qué hacer con la vida, las dificultades y las capacidades que me fueron dadas y que han surgido en mi recorrido vital. Ese recorrido que jamás ha sido transitado, como la vida de cada uno de nosotros, con dificultades que nunca han sido abordadas: las nuestras propias, nuestras cruces, pruebas, talentos. Por su parte, las dificultades una vez superadas se hacen amigas, bastiones, fortaleza que nadie nos puede arrebatar. Beethoven, Steve Jobs, mi padre, por decir tres personas; los ejemplos son incontables. La cuestión central no es ¿por qué me ha pasado esto a mí?, sino ésta otra: ¿qué voy a hacer yo a partir de ahora con todo esto?

 

La “opción A” es la queja y la comparación, tal como he titulado y comenzado esta reflexión, a modo de provocación. Es un lugar común en el trabajo terapéutico, generalmente inconsciente, pero que empapa muchas de nuestras actitudes ante la vida. Abundo un poco más: ¿Cómo habríamos tenido que hacer las cosas que había que hacer? ¿Cuándo? ¿Cuándo habríamos tenido que aprender a hablar? ¿A sumar, restar, derivar? ¿Cómo deberían haber sido nuestros cuerpos? ¿Cuánto deberían haber pesado, medido, tardado en dar cinco vueltas al patio? ¿Cuál era la edad buena para echarse novia por primera vez, para perder la virginidad, hacer locuras, vivir la vida mientras se es joven, y luego entonces casarse, tener hijos, fundar una familia? ¿Qué deberíamos haber estudiado en lugar de lo que hemos estudiado? ¿Qué tendríamos que estar haciendo ahora en vez de lo que estamos haciendo?

E hilando un poco más fino: ¿Cuáles son esas cosas que no deberían haber pasado? ¿Cuáles esas terribles injusticias de la vida? ¿Cuáles esos errores imperdonables de amigos, de padres, de parejas, y mucho peor, de nosotros mismos? Sobre todo si nos hicieron daño, y mucho peor, sobre todo si les hicimos daño.

 

Pues bien, llegar a sentir de corazón esto que digo a continuación es seguramente uno de los mayores logros de mi vida, y sintetiza la que en un día tal como hoy podríamos llamar “opción B”:

“Gracias a todo lo que me ha pasado hasta ahora, incluyendo algunos golpes duros. Gracias a todas las personas que han estado en mi vida y la han nutrido, ampliado y hasta abandonado. Gracias por todo lo que me ha sucedido que ha hecho que yo sea como soy, y esté ahora mismo donde estoy. Este espacio y este tiempo, los mejores para mí.”

Lo cambia todo. Esta postura, meditación o acción de gracias lo cambia todo. Es una lanzadera formidable para una buena vida. El mayor de los triunfos. Brinda paz y alegría, nos trae de vuelta a casa. Es cierto que hemos tardado mucho más – y mucho menos – que otros en hacer ciertas cosas, que no somos como alguna vez pensamos que deberíamos ser, y que todavía hay algunos asuntos pendientes. Así ha de ser: síntoma de que no estamos muertos.

 

Como a menudo cantaba mi madre, que cantaba Mercedes Sosa, “gracias a la vida, que me ha dado tanto”.

 

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