Buscadores de mamá

“Amritapuri, Kerala, julio.2011

En el mundo hay cosas muy extrañas, y cosas extrañas pasan a todas horas. A todas horas. Cosas muy extrañas.

Hay, por ejemplo, un ashram enorme en el sur de India, en la costa de Kerala. El ashram de una mujer que cuentan que nació iluminada. Recibe a miles de devotos y buscadores de Dios y turistas espirituales y curiosos escépticos o simplemente curiosos. Todos los días. A miles. Largas colas de personas inimaginablemente variopintas avanzan lentamente hacia ella. Ella debe de estar en el centro del tumulto de gente que hay en aquel enorme escenario. Debe de ser esa señora india de unos cincuenta años, sonriente, radiante, que aparece en primer plano y en tiempo real en las enormes pantallas que custodian el enorme escenario. Música india, realmente bonita, atrona en el pabellón. No es un impedimento para escucharla a ella porque ella no está hablando. Su oficio no es hablar, y los miles de personas que vienen a ella a diario no lo hacen para escucharla. Su oficio es otro. Ella da abrazos. Sí, eso es, abrazos; un abrazo cada cinco segundos, aproximadamente. A miles. Venidos de todos los países y de todos los rincones de India. Luciendo todas las edades y credos. Como aquel anuncio de Coca-Cola, con el argentino radiando para los altos, para los bajos, para los gordos – los negros, soñadores, solitarios, deportistas…-. Indescriptible escaparate de mundos, de personas, de abrazos. Miles. Abrazos. Le llaman Amma: Mamá. Abrazos de mamá. Buscadores de mamá.

Observa, Jorge, observa los rostros de los miles.

El dolor de las personas es como la lengua de las mariposas. Está dentro, guardado, enrollado, empaquetado. Cuando sale, si sale, uno nunca sabe su longitud ni su alcance ni tampoco cuándo es que va a terminar, si es que tiene que terminar. Es poliédrico, polimorfo. Es doloroso.

No tengo ni idea de por qué la vida puede doler tanto y de tantas maneras. Hay más diagnósticos que religiones y clínicas de cirugía estética. Pero la vida se abre camino con una tenacidad pasmosa. Y con una imaginación insospechada. Insospechada, al menos, por mí. Imaginación de Momo y de Viaje de Chihiro, de Julio Verne y de Philip K. Dick. Pero no, Jorge, no hace falta irse a la literatura fantástica. Observa, mira a tu alrededor. Inimaginables e incontables son los remedios, los recursos las ideas los refugios los inventos los caminos. Inimaginables son los destinos. Esta mujer, por ejemplo, está doce horas al día (miércoles, jueves, sábados y domingos) dando abrazos a miles de hijos de otras mamás. Abrazos que hacen llorar, dicen. Abrazos que sanan, dicen. Cosas extrañas pasan a todas horas e inimaginables son los destinos.

No paro de preguntarme qué hago yo aquí, en esta cola interminable que avanza lentamente hacia una Amma que no es mi mamá.

*

Vale, ya está. Ya tengo mi abrazo. Ahora estoy sentado en una silla al fondo del pabellón donde Amma continúa, infatigable, radiante, dando abrazos. Un abrazo cada cinco segundos, aproximadamente. Suena una música preciosa, esta vez en directo; más de veinte músicos tocan exóticos instrumentos y cantan.

Un profundo respeto me invade.
Respeto hacia esta mujer y su insólito destino. Realmente insospechable. Al menos por mí, digo.
Respeto hacia todas estas personas, las que discurren lentamente en las interminables colas; las que se agolpan sobre el escenario y esperan entre pacientes y nerviosas a que llegue su turno; las que permanecen sentadas meditando dormitando orando charlando o mirando en las enormes pantallas el frenético discurrir de abrazos de la décimo primera hora de la jornada de hoy.
Respeto, un profundo respeto hacia todos esos dolores y felicidades, llantos y nostalgias, todos estos rostros alegrados, conmovidos, satisfechos o tal vez decepcionados. Profundo respeto hacia la vida y su inagotable imaginación y tenacidad para abrirse camino. Vehemente vida.

Y ahora es mi turno. Me recojo, cierro los ojos y regreso a la casa de mis padres, al regazo de mi madre Rosalía. Ella me abraza y yo le digo gracias mamá y ella me acaricia el pelo mientras dice querido hijo, querido hijo. Tal como ha hecho Amma. Pero esta vez el abrazo es de mi mamá, y dura un tiempo largo: todo el tiempo.
Escribo esto último y ahora sí, me conmuevo, y se me humedecen los ojos. La música que inunda el pabellón es espectacular.”

Javier Ayala, El hostal de la buena vida.

 

 

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