Cuidar a los padres: entre el disfrute, el deber, la arrogancia y el chantaje.

Nuestros padres existen desde mucho antes que nosotros. Vinieron antes, son más grandes, nos han dado la vida. Tal vez, y seguramente, nos han dado muchas más cosas. Pero lo que no cabe duda es de que nos han dado la vida. La lealtad que este hecho genera es tremendamente intensa y completa, larguísima es su sombra.

Desde el punto de vista de la psicoterapia sistémica tal como la entiendo, la salud equivale muchas veces a que cada miembro del sistema familiar ocupe y honre el lugar que le corresponde dentro de él. Así, para una persona sana, esa implacable lealtad a los padres se manifiesta como gratitud, como un profundo respeto a las vidas y los destinos difíciles de sus mayores, y como felicidad, alegría de vivir. En caso contrario, la lealtad adopta diversas formas de entre un amplio abanico de psicopatologías, odio, arrogancia y malestar.

Es sabido que conforme vamos creciendo a menudo nuestros padres también van creciendo, y empiezan a llegar momentos en que esas personas grandes – siempre más grandes que nosotros -, que nos han dado la vida – y tal vez mucho más – y hacia los que nos sentimos tan leales – ya sea en las formas de gratitud, obligación u odio -, esas personas, digo, pueden necesitar cuidados.

Llegados a este punto se me plantean varias preguntas, a nivel personal y en las sesiones de terapia con los clientes: ¿Desde dónde estoy cuidando a mi padre o a mi madre? ¿Realmente necesitan esos cuidados? ¿Realmente ellos necesitan de mí, o necesito yo sentir que me necesitan? ¿Mis cuidados respetan la grandeza de mi padre o de mi madre, o los hacen pequeños, los debilita a ellos y me hacen sentir a mí más grande, arrogándome una grandeza y unas capacidades que no son mías? ¿Quién hace de padre y quién hace de hijo en esa relación de cuidado?

 

Un abismo muy sutil.

El mayor reto cuando los padres se hacen mayores, enferman o tienen alguna necesidad de cuidado, es mantenernos en nuestra posición de hijos, y cuidar a nuestros padres todo el tiempo desde ahí. Ese cuidado es bueno, no incapacita, no debilita a ninguna de las partes. Se hace con amor, con respeto y gratitud. Se satisface un deber ancestral, un sentimiento de obligación de hijos que es real y saludable, que se manifiesta por el bien de toda la familia. Es limitado, muy limitado. Funcional. Esto último es crucial y me lleva a la siguiente reflexión:

Entre la necesidad de cuidado genuina y auténtica de los padres, por un lado, y la arrogancia y parafernalia del imaginario de algunos hijos y el chantaje emocional de las prácticas de algunos padres, por la otra, existe un abismo muy sutil.

Un padre puede que necesite que le lleven en coche, si se da el caso de que ya no puede conducir y por alguna razón ya no puede ir en taxi, en autobús o en otro medio. En tal caso el hijo se organiza con otros hermanos, si los hay y están disponibles, y lleva en coche a su progenitor, y es muy probablemente un honor para el hijo que el padre se lo pida y también el poder hacerlo. Movilidad reducida: necesidad y solución, todo está bien. Reducción de alguna otra capacidad en procesos de enfermedad: es un cuidado legítimo, limpio, bonito. El hijo se siente buen hijo haciéndolo, pequeño frente al padre pero capaz y amoroso. El padre se siente grande, íntegro, pese a sus concretas incapacidades.

En el otro lado de la línea divisoria los ejemplos y las estrategias son múltiples, señalo aquí sólo algunos casos que pueden ilustrar el cuadro: padres que están muy solos porque han renunciado a cultivar relaciones de amistad o pareja, porque son tan cascarrabias y desagradables que sólo sus empleados y sus hijos les soportan (larguísima lealtad filial) o porque han decidido acabar sus vidas en una tristeza y luto pertinaz sin buscar ayuda y sin querer cambiar nada, solamente hacer sentir a sus hijos que son malos hijos por lo poco que van a verles. Esos padres mendigos de cariño puede que vayan diariamente a contarle al médico de cabecera que algo nuevo les duele. Puede que empiecen a “necesitar” y a demandar cada vez más cuidados de los hijos, en una estrategia depresiva de incapacitación voluntaria. Puede que se mantengan a flote gracias a los nietos, frecuente moneda de cambio de estos enredos familiares, que se grabarán a fuego el mensaje de “lo que hay que hacer en esta familia para que a uno lo quieran”.

Los hijos de estos padres, también con frecuencia mendigos emocionales, pueden optar por protegerse de sus padres yéndose a vivir lejos. O no, tal vez se queden, pero puede que acostumbren a no cogerles el teléfono y a practicar otras fechorías por el estilo en una estrategia de “es que soy increíblemente despistado”. Puede que limiten estoicamente la relación con los padres a un trámite aburrido pero necesario, o pueden sencillamente decantarse por una solución final, precipitando un enfado de proporciones faraónicas que consagre de por vida la imposibilidad del amor familiar. Por supuesto, la alternativa del trastorno mental está siempre a mano. Otros hijos, no obstante, optan por lo que conocemos como parentalización: el hijo se hace grande, se pone por encima del padre, y en una operación de horfandización emocional prescinde de experimentarlo como tal, y lo trata como si fuera un hijo caprichoso y malcriado, regateándole las noticias del doctor, preservándole de su propia soledad y tal vez entrando en una espiral de chantaje y arrogancia que se acaba sólo cuando el padre muere, o las peores veces ni siquiera así. Habitualmente, ese hijo parentalizado no estará disponible para sus propios hijos – los nietos, frecuente moneda de cambio de estos enredos familiares -, que por su parte crecerán en la misma mendicidad y reproducirán en la vejez de sus padres idéntica dinámica familiar.

Una vez más, ¿qué hay en el fondo de todo esto? Un profundo amor, mucha lealtad y amor. A veces muchísimo dolor y rabia, también. Y una cuestión de ocupar en la vida el lugar que nos corresponde.

 

 

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    13 respuestas a Cuidar a los padres: entre el disfrute, el deber, la arrogancia y el chantaje.

    • Mari Carmen Flores Molina dice:

      Buenos días Javier
      Realmente tenemos que pensar que es tan complicado? Realmente todo responde a un motivo u otro?. No creo que por el hecho de ayudar o atender a tus padres pienses que eres más grande que ellos, yo entiendo que es un simple acto de amor.
      Por amor les ayudas y sobre todo les respetas, atiendes las necesidades que puedan tener, y procuras hacerle la vida fácil. Pero no porque pienses que estás a un nivel u otro, simplemente porque son tus padres, porque te apoyan siempre, y es tanto el amor que te han dado, que no te planteas desde donde les ayudas, porque es tan gratificante, que los momentos más difíciles, acaban por ser maravillosos, tristes pero maravillosos, la ternura que se desprende de los momentos de dolor sólo es comparable al dolor que sientes por su sufrimiento.
      No creo que haya que buscar tantos motivos, las cosas se hacen porque te salen del corazón, simplemente se da en la medida que te han dado, y sin más razones, no creo que te sientas superior ni obligado, te sale del corazón, imagino que habrá personas que se sientan mal o incómodas con ciertas cosas que es necesrio hacer, pero yo te hablo desde mi experiencia, y cuando el amor que sientes por tus padres es natural, todo se convierte en algo natural. No degradas a nadie ni te sientes obligado, simplemente lo haces porque quieres, e intentas que se convierta en un hecho natural, esto implica que tu padre o tu madre, lo vea como tu.
      Como sabes mi padre ha estado tiempo enfermo, y sobre todo en los últimos meses, estuvo feliz, porque le gustaba sentir nuestro cariño y dedicación, nos decía a cada momento la suerte que tenía con los que le rodeaban, con su familia.
      un beso muy fuerte.

      • javier dice:

        Hola Mari Carmen!
        Gracias por tu reflexión, me parece preciosa.
        Por mi parte, estoy de acuerdo con todo lo que dices. Sólo hay una cosa sobre la que me gustaría incidir, y es lo que dices respecto a no plantearse desde dónde amas y ayudas a los demás, en este caso a los padres. Creo que ése es el punto central de mi reflexión. Si les ayudas como hijo, todo es bonito, honroso, el amor fluye y ambas partes están bien. Pero hay maneras de amar y de ayudar que infantilizan, que crean dependencia e incapacidad, que suponen una carga pesada y en algunos casos, hasta un abuso, y que en lugar de respetar y aumentar la dignidad y la alegría de ambas partes de la relación, la disminuyen y entristecen. Al mismo tiempo, no digo que sea fácil mantenerse en todo momento en el lugar que a uno le corresponde y saber acompañar desde ahí; de hecho, soy consciente de que es algo dificilísimo. Pero sí me parece que vale la pena reflexionar sobre eso – aunque de primeras sea complicar las cosas – e intentar posicionarse. La vida, no sólo de uno mismo sino de toda la familia, mejora muchísimo. Esto es algo que he comprobado en mi propia familia y en mis clientes, en muchísimas ocasiones.
        De nuevo, gracias por tu comentario y reflexión.
        Sin duda Flores tuvo muchísima suerte con los que le rodeabais.
        Un abrazo muy fuerte!!

    • Andrés dice:

      Gracias Javier. Qué fácil poner el piloto automático… y más con nuestros padres!
      Ojalá esta reflexión llegue lejos porque, nunca mejor expresado, nos honra.

      • javier dice:

        Muy fácil poner el piloto automático y descuidarnos y salirnos del lugar que nos corresponde, ya que mucho es el amor que sentimos hacia nuestros padres y mucho lo que nos cuesta asistir a su dolor y a su vejez…
        Gracias a ti, Andrés, un fuerte abrazo!!

    • Marina dice:

      Creo que al final todas las relaciones en tu vida, incluyendo la relación que mantienes contigo mismo, desembocan en un mismo punto: ¿Cómo es tu forma de amar?. Un sentimiento de constante busqueda de justicia, de reconocimiento, de sentirse necesario, agota. Así como optar por el camino opuesto. Creo que no plantearse desde dónde amas, te desvía de tu norte… y, como consecuencia, al no ocupar tu lugar de hijo, colocas a tu entorno en unos roles que no les ha tocado vivir. Desde hace tiempo, reflexionando, me di cuenta de que los hijos somos egocéntricos y egoistas. Y creo que la consecuencia de no madurar ese aspecto es la constante frustración y sentimiento de no estar haciendo lo suficiente o de pensar que deberían estar agradecidos por lo que haces por ellos… y, en la madurez, en esas relaciones aparentemente afectivas pero ciertamente insanas, ves a niños frustrados en cuerpos adultos. Ciclos que no se cerraron en su momento, papeles que no corresponden…

      Por mi experiencia, cuando te paras a pensar, cuando te planteas el lugar que estas ocupando… ves la realidad. Y ves que, efectivamente, es tan grande lo que tienes ante ti, es tan grande que la vida te regale tu lugar, que no concibes estar en otro. Y todo cambia. Ves a tus padres grandes, y a ti pequeño, y es como debe ser. Y aunque el tiempo pase y se hagan más grandes, aunque sepas que el tiempo depara que se vayan apagando, y que hay mil formas de que su tiempo acabe… la pena, el dolor y el amor cambian. Se transforman bellos. Porque aunque esas manos se vuelvan fragiles, fueron las que te acunaron, las que te abrazaron… aunque sus memorias fallen, cuando eras dependiente recordaban cada día que les necesitabas. Y pase lo que pase, no podrás hacerles sentir inútiles… porque nunca hay que olvidar que los padres son ellos.

      Me ha gustado mucho este post.

      • javier dice:

        Muchas gracias Marina por tu bonito comentario.
        “…es tan grande lo que tienes ante ti, es tan grande que la vida te regale tu lugar, que no concibes estar en otro.”
        Disfruta mucho de tus padres. Y de ti, y de esa vida grande, heheheh…
        Un fuerte abrazo, Marina.

    • Anabel dice:

      Mi problema y de todos mis hermanos es que mi papá no quiere vivir con ninguno de nosotros, él quiere que nosotros nos vallamos a vivir con él, pero todos vivimos lejos de mi papá y tenemos nuestros trabajos; pero todos los fines de semana nos turnamos para ir a visitarlo.
      Mi papá ya tiene 93 años y le pagamos a una persona para que cuide de él pero él las maltrata y las personas deciden ya no cuidarlo.

      Que puedo hacer?

      • javier dice:

        Hola Anabel,
        Gracias por tu comentario.
        No te voy a decir qué hacer, no soy quién para hacerlo. Sin embargo, sí subrayo algo que comentaba en el texto y que creo importante: nuestros padres son mayores, llevan en la vida mucho más tiempo que nosotros y, al igual que nosotros, son responsables de sus decisiones – y esto incluye decisiones acerca de dónde y cómo vivir, cómo tratar a los demás, etcétera.
        Honrar a los padres, desde el planteamiento que hago – y comparto con las constelaciones familiares, implica respetar sus decisiones, y dejarles a ellos el peso de esa responsabilidad, lo cual los dignifica. Y sólo entonces, poder actuar los hijos desde el amor y el respeto, no desde la lástima o el chantaje.

        Un saludo, Anabel, te deseo una buena vida.

        • Ada dice:

          Me alegra leer esto “respetar sus decisiones y dejarles a ellos el peso…” Finalmente, he tenido que recurrir a su médico para que me diga si está demente o no. Y como me ha dicho que no, pues me he alejado porque me estaba enfermando a mí. Me había hecho responsable de él, pero, sin embargo, tenía que acatar sus decisiones, que no eran las mías. Sus decisiones siempre pasaban por robarme a mí la vida. Hacerse el enfermo (hipocondriaco o no) lo lleva haciendo 20 años y eso agota a quien está a su alrededor. Y si no le das la razón, cae sobre ti con chantaje emocional.

          No quiero extenderme, pero su egoísmo ha llegado a tal extremo que no me ha respetado ni en mi larga enfermedad y ha tirado de mí hasta extremos inhumanos que yo no debería haber permitido. Ahora me he dicho: Vale, no quieres las soluciones que yo te doy, pues tu solución no es la mía. No me robas más vida. Y que pase lo que tenga que pasar (no está solo, hay una cuidadora), pero como dice su médico: Es él, él y él. Y pide, exige y reclama atención 24 horas.

          Triste experiencia que me ha hecho cambiar mi forma de pensar y de actuar. Saludos

    • Maria dice:

      Hola Javier, me ha encantado tu artículo. Siento que has descrito bastante bien lo que yo vivo. Es una situación delicada y cada caso es un mundo. En el mio en concreto he vivido muchas carencias tanto con el padre como con la madre y hoy día ya me alejé de ellos. Pero sé lo que es el chantage, la culpa etc. Creo que ahí hay una espcie de maltrato o algo que no anda bien, que no es sano o no es natural. Creo que los hijos andan demasiado vinculados a los padres y al no cortar ese tipo de relaciones se crean vínculos patológicos y hasta más divlrcios pq la gente se acaba apoyando en vertical y no en horizontal, es decir los padres e hijos se apoyan emtre ellos ( o se refugian en esa idea) más que en sus parejas. Si esto no se hiciera quizás todo sería bastante diferente.

      • javier dice:

        Gracias María.
        Devolver el orden y la jerarquía a las familias es algo muy hermoso y sanador. Cuando el orden no se da es porque han sucedido acontecimientos, a menudo terribles y devastadores emocionalmente, en la vida de nuestros mayores que les han impedido estar presentes y disponibles para sus descendientes. En estos casos la familia se desordena y sobrevive, con las estrategias variopintas que les facilitan tanto la idiosincrasia de sus miembros, por un lado, como la época y la cultura en que se encuentran. Y en este desorden y supervivencia se dañan, invierten o se hacen patológicos algunos vínculos familiares. Pienso, por ejemplo, en el chantaje emocional, en casos en que los padres buscan apoyo en los hijos y no al revés, en el empleo de la enfermedad, el fracaso y/o el victimismo como modo de estar en la vida – o más bien modo de eludirla -, etcétera…
        La cuestión esencial, desde mi punto de vista, es poder uno reubicarse, ocupar el lugar en la familia que le corresponde y poner límites a los intentos del resto del sistema para que desempeñe un rol que no le corresponde. Este proceso es difícil y a menudo doloroso. Pero si se logra, y además puede hacerse amorosamente, desde la gratitud y el respeto a las opciones de los demás miembros de la familia, especialmente y empezando por los padres de uno, entonces la vida se vuelve mucho más hermosa, serena y alegre. Se deja de sobrevivir (en los estrechos programas que limitan a los sistemas familiares) y se empieza a vivir, con más amplitud y creatividad.
        Añadir que es un trabajo personal y una postura esencialmente interna, en el corazón de uno mismo, y cabe hacerlo aún cuando los padres han fallecido.
        Esta es la reflexión que me ha venido al leer tu comentario. Gracias y un abrazo.
        Javier.

    • Alegre Yanez dice:

      Hola Javier, cuanta razón y qué identificada me siento con tus palabras. En mi casó llegó un momento que tuve que solicitar un servicio a domicilio de enfermeras ya que yo sola no podía más con la situación. Por si alguien más se encuentra en mi situación le informo que me fue de gran ayuda y además un gran apoyo.

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