Desde nosotros mismos.

“¿Qué quieres de mí, mujer? ¿Qué demonios se supone que debo hacer? ¿Cómo debo ser para complacerte?”

Ese “para complacerte”, cuando la discusión se pone fea, bien puede ser un “para que me dejes en paz”. Pero bueno, todos sabemos que no es así. Este hombre no quiere que lo dejen en paz.  Este hombre ama a su mujer y quiere complacerla. Ojalá ella estuviera satisfecha y feliz porque de ese modo él “sería” un buen hombre, y un buen novio o marido. Pero también es cierto que nuestro hombre no sabe lo que la mujer quiere. Y peor aún, no ya lo que quiere su mujer de carne y hueso (si bien es cierto que a veces descubrirlo es una tarea titánica), sino lo que quiere LA MUJER, LAS MUJERES. Con estas mayúsculas me refiero, siguiendo la idea de Sam Keen, al complejísimo entramado de mitos, imágenes e introyectos que los hombres tenemos de LA MUJER, por los cuales nos sentimos permanentemente atraídos y exigidos, y que hacen que a menudo no podamos ver realmente, ni escuchar, ni amar con disponibilidad y alegría a la mujer de carne y hueso. (Ni que decir tiene que a la mujer le ocurre otro tanto)

Doy un paso más en la reflexión ayudado con esta cita, en línea con ese “¿qué quiere LA MUJER?” (y mira que lo escribo con mayúsculas), que identifico con ese “enemigo invisible que lanza hostiles desafíos”:

“Si preguntamos: “¿Qué sensación produce ser un hombre en estos días? ¿Sientes que la masculinidad es honrada, respetada, festejada?”, aquellos que hagan una pausa lo bastante prolongada para considerar sus sentimientos viscerales contestarán probablemente que se sienten culpados, desvalorizados y atacados; los demás pueden dar respuestas muy vagas. Muchos hombres se sienten como si estuvieran de noche en la selva, librando una batalla contra un enemigo invisible. Las voces, desde la oscuridad que los rodea, les lanzan hostiles desafíos: “Los hombres son demasiado agresivos. Demasiado suaves. Demasiado insensibles. Demasiado machistas. Demasiado obsesionados con el poder. Demasiado niños. Demasiados cobardes. Demasiados violentos. Demasiado obsesionados con el sexo. Demasiado distantes para ocuparse de los demás. Demasiado ocupados. Demasiado racionales. Demasiado confundidos para liderar. Demasiado muertos para sentir.” No está demasiado claro en qué debemos transformarnos exactamente.”

La cita me parece muy elocuente e incide en esta idea del profundo desconcierto y desvalorización que vive el hombre respecto a lo que cree que se espera de él. Esto, en el terreno personal y psicológico, pero también en el terreno colectivo, en la esfera pública.

Las mujeres, en un movimiento extremadamente rico, heterogéneo, rabioso y vengativo a veces, comprehensivo y amoroso otras tantas, expresan muy distintas necesidades y exigencias hacia los hombres, y se mueven y ocupan posiciones distintas a las tradicionales, lo que hace que los hombres no nos quede otra que movernos. Así que es necesario preguntarnos, y nos preguntamos: ¿Qué quieren las mujeres de nosotros? Las mujeres de verdad, oiga, las de carne y hueso. ¿Qué necesitan? ¿Qué nos están pidiendo?

Hago silencio.

Silencio.

Y finalmente emerge, anterior y aún más necesario: ¿Y nosotros? ¿Qué necesitamos nosotros? ¿Cómo nos sentimos? ¿Qué necesitamos de las mujeres? ¿Qué necesitamos de nosotros mismos? ¿Cómo voy a acompañar y amar bien a la mujer si no sé estar conmigo mismo ni quererme, si no sé quién soy?

Este centramiento, y este esfuerzo de introspección, de reflexión creativa y compartida, desde las experiencias y necesidades de cada uno de los hombres del grupo, es la razón de ser de nuestro Círculo de Hombres.

Adelanto una hipótesis, a contrastar: Tal vez los hombres llevemos demasiado tiempo eludiendo la responsabilidad de estas preguntas, de las preguntas por lo que significa ser hombre y el cómo vivir hoy nuestra hombría íntegramente. En su lugar, nos hemos refugiado en la coartada de querer complacer a la mujer, mejor o peor, y atender lo que creemos que la mujer quiere de nosotros. En esta línea, una cita muy clarificadora:

“Lo último que me dijo antes de que me marchara fue, probablemente, el consejo más importante que recibí sobre ser hombre. “Sam – dijo-, hay dos preguntas que un hombre debe hacerse. La primera es: “¿Hacia dónde estoy yendo?”; y la segunda: “¿Quién vendrá conmigo?”. Si alguna vez te formulas estas preguntas en el orden equivocado, te verás en problemas.”

 

Javier Ayala

Las citas, de Sam Keen, Ser Hombre, Gaia Ediciones, 1999.

 

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