El hombre y la cárcel de oro.

¡Ojo! Los hombres también hemos pagado un alto precio por las demandas del patriarcado. Esta afirmación no disminuye ni obvia el dolor inabarcable y la injusticia que este sistema social ha ocasionado en las mujeres. Sin peros. Es así.

La relación del hombre con el patriarcado se asemeja al famoso síndrome de Estocolmo. Y no por ser de oro es la cárcel menos cárcel. El patriarcado, y en general todos los sistemas, buscan sobrevivir y perpetuarse. Educan e imprimen en todos sus miembros la lógica y la organización propias del sistema con vistas a mantener el estatus quo, que da tranquilidad frente a la incertidumbre y prolonga algo que se ha probado adaptativo frente a experimentos inciertos. Volviendo al patriarcado, como es sabido, tanto hombres como mujeres pueden ser machistas. De hecho así sucede. Y lo son las instituciones, los relatos y cualquier otro elemento de socialización. Y consecuentemente así formamos y nos reformamos las nuevas y viejas generaciones de hombres y mujeres.

A lo que voy es a que, en cuanto hombres, históricamente hemos disfrutado de muchos de los beneficios que iban asociados a nuestra condición, en el reparto de roles propio del patriarcado, y al mismo tiempo también hemos pagado un alto precio. Es decir, los hombres hemos sido beneficiarios, perpetradores pero también víctimas del patriarcado. Los mitos y los ritos, las ideas y los valores correspondientes nos son inculcados desde niños, a fuego, y al crecer nos los apropiamos – los introyectamos – y nos volvemos víctimas de ellos, es decir, de nosotros mismos, fundamentalmente cuando permanecen inconscientes. En nuestra vida adulta esas experiencias, ideas y valores del patriarcado nos dañan y nos limitan enormemente. También en la infancia, por descontado.

De esto último doy algunas ideas. La dificultad, en el mejor de los casos, o la incapacidad para estar en contacto con nuestras emociones es uno de los peajes. Muy caro, por cierto. Experimentar, mostrar y comunicar emociones, particularmente las asociadas con la debilidad, ha sido algo activamente censurado por la socialización patriarcal. Los hombres del patriarcado con frecuencia vivimos en un estado de constante cuestionamiento de nuestra hombría, que hay que demostrar en cada hora del día, bajo pena de ser tachado de nenaza o maricón. Los hombres del patriarcado follamos “como un hombre”, a menudo más pendientes de nuestro propio rendimiento que del deseo, el amor y la ternura compartida. Por descontado, los hombres del patriarcado que sienten deseo sexual por otros hombres siguen teniendo, a día de hoy, muchísimos más obstáculos que los heterosexuales. Y un largo etcétera, que seguramente irá surgiendo e iremos desentrañando en nuestro Círculo de Hombres. ¿Y todo eso por qué? ¿Porque detestamos la intimidad y la ternura? ¿Porque no queremos a las mujeres? ¿Porque “no sucede nada” en nuestros corazones, más que infartos de miocardio cuando ya no pueden más?

Sólo diré que a lo largo de estos años de trabajo de terapia ha ido descomponiéndose una antigua ansiedad y desprecio aprendido hacia mi hombría, y hacia la hombría en general, fruto de mucho de lo expuesto en el párrafo anterior. En su lugar ha arraigado una compasión y una admiración renovada hacia los hombres, por lo general tan nobles y leales, tan maltrechos y desvalorizados, tan deseosos de amar – como en la película de Won-Kar-Wai.

¿Una feminidad libre, fluida, conectada, honrada, y festejada? Sí. Por supuesto que sí.

¿Una masculinidad libre, fluida, conectada, honrada y festejada? Sí. Por favor. Por lo que más queramos.

 

Por si quieres compartirlo...

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

    *

    Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>