Hombres arcoiris – de Manolo Ayala -

¡Cuánta verdad hay en Momo! Es una de esas historias a la que no le encontré el fuste la primera vez que la leí (dudo si fue éste o el Quijote el primer libro que me dejé a medio) Quizá por eso me pareció tan sorprendentemente revelador cuando lo releí (y finalmente terminé) hace unos años.

Cuando aparecieron los “hombres grises” fumándose el tiempo de los demás no me costó demasiado ponerles cara. Por desgracia existen muchos aniquiladores de ilusión por el mundo; personas con las que te cruzas y su sólo contacto te empieza a absorber la energía. Con ellos las tareas se convierten en obligaciones, y los encuentros en compromisos. Parece que el lado lúdico de la vida se difumina hasta tal punto que cuesta trabajo siquiera intuirlo. ¡Hasta la inexpresiva cara de desencanto se me contagia si no estoy con mis defensas altas! Cuando me miro en el espejo y no encuentro chispa en mis ojos me digo: “es tiempo de buscar arcoiris”.

Y es que para mí, al igual que existen hombres grises como los de Momo, también existen “hombres arcoiris”. Entiéndase hombres, mujeres o niños (para alguno incluso pueden caber en esta definición sus mascotas); debo ser de la vieja escuela, pero me parece una horterada lo de hombres/mujeres o lo de la @, y como me los etiqueté por contraposición a los “hombres grises”, seguí utilizando sólo el masculino genérico.

¡Qué suerte es encontrarse con un “arcoiris” y pasar un tiempo en su compañía!. Difícilmente les verás una cara seria, de esas caras de “ajo partío” que por desgracia tanto abundan y tan mal rollo me dan. Al revés. Su sonrisa franca me reblandece y hace que se dibuje la mía casi sin querer. Quisiera matizar que no estoy hablando de personas que son “la alegría de la huerta”, extrovertidos, chistosos y simpáticos. Es estupendo reírse a carcajadas con ellos, pero no son “arcoiris”. Al menos no siempre lo son. Ser un “hombre arcoiris” es algo más sutil. Más calmado. Más profundo.

Todavía no he descubierto el proceso, pero al estar a su lado parece que las “pilas” se me van cargando. Imperceptiblemente, muy poco a poco; hay que estar muy atento para darse cuenta. Lo que es innegable es que tras un ratico compartido la vida se ve menos gris; más de colores. Por eso los llamo arcoiris. La amistad es un poco más dulce, los pequeños buenos momentos se agrandan, y los problemas lo son un poco menos. La rutina se hace más disfrutable. Vuelven a vibrarme proyectos vitales arrumbados por la falta de tiempo y de energías del día a día. No quisiera caer en la exageración desmedida (como se dice ahora, soy “muy fan” de los arcoiris), pero lo cierto es que me siento feliz en su compañía. Y más alegre después.

Me gusta ponerle nombre a las cosas. Al principio, cuando reparé conscientemente en su existencia, barajé llamarles “fuentes de energía humana”, pero aunque posiblemente se ajustase bien a lo que quería resaltar, me pareció de una frialdad y falta de belleza que no les hacía justicia. Es mucho más poético lo del arco iris.

Considero tan fácil de experimentar la existencia de los “arcoiris” como la de los “hombres grises”. Sólo hay que buscarlos con atención. Estar atento a cómo influyen en tu estado de ánimo. Buscarles la sonrisa, los detalles, la alegría. Y cuando se descubren hay que atesorarlos, porque realmente son un tesoro. Y hay que disfrutarlos con frecuencia.

Escrito por Manolo Ayala, mi hermano mayor. Gracias.

 

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