Jardinería materna para callejones sin salida.

Hace aproximadamente diez años yo era un chaval muy sesudo, pertinazmente inquisitivo y para colmo – o naturalmente – estudiante de Filosofía. Con notable inconsciencia y desatino había iniciado un programa vital descabellado: pensar, pensar y pensar, plantearme el porqué de todas las cosas, volver a juzgar todo lo prejuzgado y refundar los cimientos de todos los conocimientos adquiridos hasta la fecha, todos ellos evidente o recónditamente empapados de ideología, de ideologías de otros, interesados en hacerme creer sus verdades. Comprender el mundo, ir a la raíz de la realidad entera, lo que quiera que fuera la realidad, si es que existía la realidad.

Por aquel tiempo también estaba obsesionado con una película. Magnolia, de Paul Thomas Anderson. Un dramón, una tremenda sinfonía del callejón sin salida. Pasan los años y me sigue pareciendo una obra maestra. Me impacta especialmente el momento álgido de este drama coral, donde todas las historias entrecruzadas alcanzan su clímax al tiempo que todos los personajes se turnan para cantar, cada cual desde su perplejidad o desesperación, una canción cuyo estribillo reza “pero ahora ya sabes que no va a parar, no va a parar, no va a parar hasta que aprendas/despiertes, no va a parar, no va a parar, no va a parar, así que desiste, ríndete”. 

(En este enlace está el videoclip de la canción, con subtítulos en español, aunque si no has visto la película… bueno, tú verás: http://www.youtube.com/watch?v=wAR0fGeCWp4 )

Desde siempre a mi madre le apasionan las plantas. Habla con ellas y ellas le hablan. La alegría y el agradecimiento es mutuo, y las plantas de mi madre siempre están bonitas. El salón de la antigua casa de mis padres tenía un aspecto de jungla peruana, algo que a los que entraban en él por primera vez les producía admiración e incomprensión, y siempre alegría. El vergel de interior se expandía hacia una terraza muy amplia, también exuberante, colorida, perfecta para conversaciones interminables en las noches de verano. Mi madre, amén de excelente jardinera, es una mujer sabia – esa sabiduría emparentada con la jardinería, con una mezcla inequívoca de paciencia, cariño y agradecimiento. Y a lo largo de mi vida, cuando he necesitado hablar con ella y contarle cosas que me preocupaban, mi madre generalmente ha estado disponible.

Como he comenzado diciendo, hace aproximadamente diez años a mí me preocupaba casi todo. Era parte del programa vital en el que me había embarcado. Y ya no se trataba de mera especulación teórica, al hilo del programa universitario: la preocupación y la implacable reflexión alcanzaban a todos los aspectos de mi vida y a cada pequeña y gran decisión que iba tomando. Todo esto echó a perder algunas buenas relaciones, y me conllevó mucho desasosiego. En un cierto momento – era verano, noche de calma chicha murciana en la terraza de la antigua casa de mis padres – mi madre me explicó algo que me ayudó mucho entonces y continúa ayudándome ahora, y que se resume en lo que sigue.

A veces no hay que pensar tanto las cosas. Todas las decisiones, los proyectos y las relaciones en las que nos embarcamos se merecen un voto de confianza. En muchos sentidos son como una flor en una maceta. Hay que plantarla. Darle tiempo. Regarla y atenderla cuidadosamente, con mimo, con mucha paciencia. No puedes estar continuamente trasplantándola, cuestionándola, sacándola del tiesto para ver las raíces, urgirle para que crezca a un ritmo que no es el suyo. Tienes que hablarle y escucharle, incluso cantarle. Tienes que saber esperar. Podarla cuando sea su momento, añadirle tierra, abono, pasarla a una maceta más grande, siempre cuando sientas que ha llegado el momento. La perseverancia, incluso la abnegación, son necesarias con las plantas, las decisiones, los proyectos y las relaciones.

También es cierto que si después de un tiempo vemos que no han arraigado, que no prosperan, que la decisión fue una mala decisión o que la relación no está funcionando, en esos momentos hay que intervenir. Y hay que pensar mucho, meditar, hablar sobre ello, pedir ayuda, descubrir fallos, aprender. A veces hay que cambiar sutilmente de dirección. Otras veces toca rendirse, y aceptar el fracaso y el dolor que conlleva.

Por último, y esto como madre no te imaginas lo que me está costando, me dijo mi madre, la sabiduría para discernir cuándo hay que perseverar, sin pensar ni cuestionar las decisiones propias, y cuándo hay que rendirse y tomar otro rumbo, sólo se adquiere viviendo: tropezándose, cayéndose y levantándose. 

 

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