La rabia infinita de la viuda

No había venido hasta Barcelona y a este taller para resolver un asunto propio. Ella solamente venía a acompañar a su hijo. Él había intentado suicidarse hacía cosa de un mes, y en el hospital, con el estómago recién lavado, le había prometido a la madre que haría lo que ella le pidiese para intentar resolver ese asunto de querer morirse.

Ella era una mujer canija, fibrosa, morena, con los ojos bonitos y tristes, nerviosa por aquello de estar hablando delante de un grupo de desconocidos, dispuesta a hacer lo que hiciera falta por el hijo, claro que estaba preocupada por él, cómo no iba a estarlo, cansada, a ratos desesperada, pero eso no importaba ahora, ella sólo había venido a acompañar a su hijo.

Primero tú, le dijo la terapeuta – mi maestra de formación – con contundencia. Y luego tu hijo. No había margen de duda en su voz, la protesta habría sido del todo inútil; al fin y al cabo, la mujer acababa de decir que estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de ayudar a su hijo. Todo el trabajo que hagas para ti, repercutirá favorablemente en él, sentenció la terapeuta ante la queja no proferida.

¿Que si quería a su marido? Sí, claro que lo había querido. Había muerto hacía ya más de quince años, cuando sus dos hijos varones contaban con cuatro y seis años, respectivamente. Trabajaba en la banca. Cáncer de pulmón. ¿Que por qué creía que su marido había querido morirse? Ella no creía eso; fue la enfermedad, le tocó a él, como le toca a tantas personas – y al decir esto un repentino cierre de puños y una mueca de enfado la traicionaron. Elige de entre el grupo a un representante para tu marido, le dijo la terapeuta.

Me tumbé en el suelo, boca arriba, a un metro aproximadamente de “mi” viuda. Me sentía bien, tranquilo, fuerte, contento de verla. Ella me miraba ligeramente emocionada, contenida, con una sonrisa leve y temblorosa. La terapeuta, sin rodeo ni ceremonia le ordenó a la viuda que me insultase, que me dijera cabrón. ¿Cómo le voy a decir yo eso?, replicó la mujer, sin obtener más respuesta que una mirada comprensiva pero imperturbable. Cabrón, me dijo tímidamente. ¡Más fuerte!, insistió la terapeuta. ¡Cabrón!, gritó entonces la viuda, mirándome y sorprendiéndose por el efecto que había producido el insulto. Era sólo el comienzo. Ante las sucesivas demandas, al principio floja e incrédula, poco a poco ganando fuerzas, acelerándose pulso, respiración y cólera continuó gritando ¡joder!, ¡cabrón!, ¡hijo de puta!, y también porque se lo pidió la terapeuta se levantó, se acercó a mí, me dio una patadita en la pierna, luego otra algo más fuerte, ¡cabrón!, ¡maldito seas!, ¡por qué me dejaste sola!?, cada vez más fuerte, ya genuino, saliendo de adentro de la garganta de la viuda sin mediación de la terapeuta, ¿qué hago con tus hijos?, ¡no sé qué hacer con ellos!, ¡ya no sé qué hacer con tus putos hijos!, esto último era un sollozo, la viuda se agachó y me empujó, se echó sobre mí y me golpeaba con los puños, yo le sujeté las manos, con mis brazos estirados hacia ella, y ella forcejeaba con una fuerza insospechada, tan canija como era, la terapeuta ya no hacía ni decía nada, yo estaba bien, tranquilo, como representante del marido muerto de esa mujer comprendía lo que estaba sucediendo, me alegraba, hasta necesitaba que sucediera, ella seguía gritando, sollozando, peleando, llorando, pasaron varios minutos, más de diez, lentamente los gritos se iban cansando, …no sé qué hacer con nuestro hijo, estoy muy asustada, por qué me dejaste sola, te echo de menos, te he echado tanto de menos, si tú supieras, te quise tanto, esa puta enfermedad, te quiero…, la viuda estaba ya exhausta, su cuerpo estaba cediendo, sus ojos enrojecidos me miraban con amor, se hizo un hueco junto a mí, yo la abrazaba, no le decía nada, todo estaba bien así, tenía mi apoyo, mi amor, ella descansaba, finalmente.

 

Al rato, cuando la viuda tuvo suficiente y ya necesitó incorporarse, la terapeuta le pidió que lentamente se recompusiera, y a mí que abandonara mi rol de marido y volviera a mi lugar.

Vamos a ver ahora qué le pasa a este muchacho, dijo entonces la terapeuta – mi maestra.

 

 

* Dedicado con todo mi cariño a esta viuda del relato, impresionante mujer, y a todas las demás mujeres que han sobrevivido a sus maridos.

 

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