Ancianos, jefes y sabios

“El anciano espejo asintió a todo. No pronunció una palabra, ningún ruido salió de su boca. No dijo no te preocupes, hermano, todo va a salir bien. Seguro que los presagios son infundados. Seguro que los sueños vuelven a la calma, las cortezas de los árboles recobran su frescura y los ojos de las aves que vienen del norte recuperan la serenidad de las migraciones pasadas. Ha sido así durante milenios, no añadió. Porque ambos eran ancianos, jefes y sabios, y encaraban el rigor de los tiempos reconociendo lo que era, así tal cual era. El gran espíritu era el que gobernaba; ellos eran los gobernados. El tiempo de lo incomprensible había comenzado, ambos lo sabían. Y estaban a la altura de la grandeza que sus destinos exigían.”

Javier Ayala, El Hostal de la Buena Vida

 

 

 

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