Pieza de la niñez

“El hostal ha despertado hace horas. Se oyen voces que vienen de abajo, de la cocina. La grave voz de hombre con ese acento tan característico es la de Eduardo. Lleva aquí diez días. Un buen hombre, le dijo Cecilia cuando Mercedes llegó, bastante misterioso aunque muy agradable. No obstante anoche se deshizo el misterio, o al menos parte de él. A Mercedes no le queda más remedio que reconocerse que le intriga ese hombre; le atraen sus ojos tristes, su voz lejana, antigua, y la hermosa sonrisa que brota en sus labios al recordar a sus hijas – las dos veces que anoche habló de sus hijas. Pero no te vayas, Mercedes, estás aquí en la cama y no quieres que el sueño se te escape… Se oye también el rumor del mar, y una pieza de música clásica que no alcanza a reconocer. Más exactamente un solo de piano… que no, Mercedes no identifica. Eduardo sube las escaleras tarareando; desde lejos un grito susurrado de Cecilia le advierte pssss, no hagas ruido allá arriba, que Mercedes aún está durmiendo. Llega un olor inconfundible, seguramente a través de la ventana. Daniel debe estar preparando el fuego para la barbacoa. Ay, qué gusto, cuatro días completos. Y al pensar esto se estremece de placer y se remueve su cuerpo y una brisa de aire tibio sube bajo la sábana y acaricia su rostro con el olor de la noche. De la noche y de su sueño, que no ha sido propiamente un sueño. Es decir, sí lo ha sido, porque lo ha soñado, pero además se trata de un recuerdo, una pieza de su niñez que nunca antes había revivido con tanta claridad. Mercedes regresa al techo, que la está mirando fijamente, y separa el sueño de la cal antes de que sea demasiado tarde.”

Javier Ayala, El Hostal de la Buena Vida

 

 

 

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