Prólogo

“Los ojos de Patricia no consiguen convencerla de que lo que está sucediendo es real. No. No puede ser verdad. Patricia se queda de pie junto a la puerta del dormitorio, mirando incrédula, piedra, y no dice nada, traga una saliva densa y áspera y continúa contemplando la escena en el más absoluto de los silencios. Un pensamiento se abre camino en algún lugar de su cabeza. Tal vez si ella no hubiera llegado a casa antes de lo previsto se habría encontrado sobre la cama una nota de Eduardo, una sencilla, digna y hasta cariñosa carta de despedida, en lugar de esa dolorosa versión de su marido que deambula por la pieza mascullando frases inconexas y vertiendo sobre una vieja mochila las pocas cosas que considera necesarias para su viaje. Por un momento Patricia siente la tentación de decir algo, incluso de gritar algo, no sabe el qué, pero ya no es momento de hablar ni de gritar. Hace meses que las palabras conocieron sus límites, y esa rendición fue un aceptable sucedáneo de paz. Me voy a Europa, está diciendo ahora Eduardo, me he dado cuenta de que eso es lo que necesito, necesito ir allí y necesito hacerlo sólo, os quiero, sabes bien que os quiero, Eduardo habla de corrido, su voz destilando la misma emoción que un programa informático, sus ojos invariablemente rastreando algo que algún ser despreciable ha esparcido por el suelo, pero necesito irme, concluye, aunque aún no sepa bien por qué. Lo siento, añade cuando pasa junto a Patricia, dándole un suave beso en la frente, siempre evitando su mirada, y balbucea algo sobre las hijas mientras enfila el largo pasillo rumbo a su exilio autoimpuesto, pero ella ya no consigue oír qué es lo que dice.”

Javier Ayala, El Hostal de la Buena Vida

 

 

 

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