Palabras mayores

El nombre de este texto ha surgido al recordar la anécdota personal que relato a continuación y al reflexionar acerca de cómo enfocar una charla-taller que voy a impartir en la asociación de abuelos de mi antiguo colegio. Es un honor que me hayan invitado y poder pasar la tarde con ellos. Con toda la humildad de que soy capaz planteo aquí – y lo haré allí – dos de las principales aportaciones que creo que la terapia sistémica de constelaciones familiares puede hacer a la tarea de “ser abuelo”.

¿Hay algo que puedan hacer los abuelos para mejorar su propia vida y las vidas de sus descendientes? ¿De qué manera los abuelos podrían contribuir al bienestar psicológico de sus nietos, a que éstos crezcan y vivan más sanos y alegres, con todas sus energías puestas en vivir, jugar, aprender y desarrollarse plenamente? Sí, hay muchas cosas por hacer, en este entusiasmante proyecto de vivir, uno mismo y los que nos rodean, una buena vida, cada vez mejor! Desde la terapia sistémica surgen dos ideas muy buenas, entre otras tantas.

La anécdota:

Hace algunos años acompañé a mi padre a ver a su tío Luis, el menor y único hermano vivo de mi abuela paterna. Fue una visita entrañable, de esas que se alargan sin darse uno cuenta y en las que salen a la luz anécdotas familiares desconocidas y aventuras de la época que se han ido haciendo más extremas, peligrosas y graciosas con el paso de los años. Me lo pasé muy bien. Yo toda la vida había pensado que mi abuela era la mayor de tres hermanos. Poco tiempo antes de aquel día mi padre me había informado que en realidad eso no era cierto, ya que había existido otra hermana más, la mayor de los cuatro, que murió poco después de acabar la Guerra sin que nadie precisara muy bien la causa del fallecimiento. Tenía el corazón del revés, se dijo en su día. Se trataba de una mujer muy enfermiza, de eso no había duda. Yo ya me estaba formando como terapeuta de constelaciones familiares, así que este descubrimiento me puso en alerta y acompañé a mi padre a casa de mi tío-abuelo con la idea de pasar un buen rato con ellos y conocer mejor esa parte de la familia. La mujer del tío Luis nos sacó unos aperitivos y algo de beber, charlamos mucho tiempo, yo fundamentalmente escuchaba, de las cosas que podías comprar con una perra gorda, de lo que pasó con el negocio familiar, de esas obras de teatro que grababan en 8 mi abuelo y sus amigos, de “El Rey Negro” y de dónde habrían ido a parar todas esas cintas. Hacia mitad de tarde mi padre le preguntó a su tío acerca del número de hermanos que habían sido:

- Vosotros erais cuatro hermanos, ¿verdad tío?, preguntó mi padre a modo de trámite.

- No, qué va, fuimos diez, respondió mi tío-abuelo desapasionadamente, como el vecino que debate en el ascensor acerca del tiempo que hará al día siguiente. Pero hubo seis que murieron con tres o cinco años, de tifus o pestes o alguna de esas enfermedades, empezaban a vomitar sangre y los médicos no sabían qué hacer con ellos.

Las dos principales aportaciones de la terapia sistémica a la tarea de ser abuelo.

1. Palabras.

Este trabajo terapéutico pone de manifiesto que determinados acontecimientos dolorosos, traumáticos, injustos, etc, que han tenido lugar en las familias (ver la sección de “genograma” para saber más acerca de cuáles son dichos acontecimientos) a menudo tienen efectos trágicos en miembros de las siguientes generaciones. Esos sucesos son como auténticos terremotos que desordenan y dejan patas arriba a las familias. La ley del silencio en torno a “lo que pasó” no es una solución, por más tiempo que haya pasado “desde entonces” y, es más, con frecuencia el secreto agrava las consecuencias que tales hechos desencadenan sobre hijos, nietos y biznietos. No se trata de remover gratuitamente el pasado. Nombrarlos, esos hechos que por vergüenza, rabia o dolor se mantienen ocultos, el darle a todos los acontecimientos y personas de nuestras familias un lugar en nuestra historia y nuestros corazones, puede causar revuelo en un principio pero es a la larga sumamente liberador. Hablar sobre ello en el momento propicio es un acto que produce alivio en todos los miembros de la familia, un acto que hace posible devolver a cada uno el lugar y la responsabilidad por lo que hizo y que brinda paz y alegría a toda la familia.

Los abuelos tienen en su mano la palabra, el conocimiento en exclusiva de algunos de estos acontecimientos familiares y la posibilidad de hablar sobre ellos – incluso de realizar un genograma o ayudar a sus hijos y nietos a hacerlo-. Desde mi conocimiento y experiencia como terapeuta puedo garantizar que se trata de uno de los gestos más hermosos y sanadores que se pueden hacer por la prole.

2. Mayores.

Las constelaciones familiares muestran una y otra vez la importancia de respetar el orden en cualquier sistema humano, y muy especialmente en la familia. Un orden que implica jerarquía, en un sistema en el que unos llegaron antes y otros después, en el que unos dan la vida – y todo lo demás – y otros la reciben – y todo lo demás -. Ese orden es crucial. Cuando tiene lugar y los mayores son mirados y respetados como mayores, y todos los miembros de la familia ocupan el lugar que les corresponde dentro de ese sistema, todos – particularmente los niños – se encuentran serenos, alegres y con fuerza. Cuando eso no es así – porque han sucedido “terremotos” que han desordenado a las familias, como decía más arriba – entonces nadie está del todo tranquilo en el sistema, y a veces los hijos se comportan como si fueran los padres de sus propios padres, o los niños están nerviosos, serios o irritables, o sienten que tienen que hacer algo distinto que ser niños.

Además, en los últimos tiempos y en las sociedades desarrolladas hay una tendencia a desprestigiar la vejez y a debilitarla, a negarle el respeto y la gratitud que se le debe. Sin embargo, la salud y alegría de la sociedad y de la familia exige justamente lo contrario. Es posible que eventualmente el viejo necesite algún servicio médico o alguna otra ayuda funcional, que sus hijos o el que sea podrá prestarles, pero su lugar es el más alto y el más respetado dentro de un sistema, en cuanto padre, abuelo e incluso bisabuelo, por el bien de todos los miembros de su familia. Mirar a nuestros mayores con gratitud y hondo respeto, con toda la grandeza que portan, es la clave de una buena vida, como individuos y como sociedad. La vejez es grande.

Cada familia es un mundo, y todo lo que tiene lugar en su interior es sumamente complejo y único – lleno de amor, también -. Pero lo segundo que sí se puede asegurar desde la terapia de constelaciones familiares es que cuando los mayores ocupan sus lugares, ejercen como mayores y no se dejan avasallar por sus hijos o nietos, toda su descendencia se beneficia de ese movimiento.

Y entonces la vida es mucho mejor. Palabras mayores.

Javier.

*Le dedico este texto a mi abuela Cecilia y a sus nueve hermanos.*

 

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