Psicoterapia y fe

A menudo la demanda de un cliente en la primera sesión de terapia gira en torno a la fe.

En esos casos al comenzar nuestro encuentro y preguntarle al cliente por qué ha venido a mí y qué necesita, nervioso y ya cansado él se dispone a explicar su problema o su situación vital, que finalmente y a trompicones consigue componer un relato coherente, para terminar preguntándome si yo creo que todo eso que me ha contado tiene sentido y solución, si él mismo tiene solución, y si yo tengo esperanza en que pueden cambiar las cosas, ya que él no la tiene o tiene muy poca. Algo tiene; al fin y al cabo, a venido a mí.

Así es. La fe y la esperanza son pilares centrales en mí, en cuanto hombre y psicoterapeuta, e igualmente indispensables en la práctica de mi oficio. No se enseña ni se transmite ni se cultiva en ningún rincón del currículum del psicólogo, ni en muchas formaciones de prácticas terapéuticas, y no obstante es esencial. Un psicoterapeuta sin fe es como un bautizo sin criatura, ritual vacío, conocimiento libresco, tierra estéril donde el cliente esparce las pocas fuerzas de que dispone en la búsqueda de solución.

¿Qué le respondo al cliente? ¿Tiene sentido su situación? ¿Solución? ¿Motivos para la esperanza? Mi reacción no siempre es la misma.

Sentido sí, siempre tiene sentido. Y si honestamente pienso que yo soy la persona adecuada para acompañarle en ese proceso de búsqueda, sigo adelante y y le digo que si realmente quiere lo encontraremos, el sentido, lo encontrará él mismo, no le quepa ninguna duda. El cliente ha llegado hasta donde está por su propio pie, a través de una serie de circunstancias vitales, duelos, decisiones, tramas y enredos de su familia o de su propia biografía: aunque en ese momento le parezca que nada o muy poco tiene sentido, siempre lo tiene – desde el cliente mismo, no desde nadie que no sea él – y esto es crucial. El sentido, como la fe y la esperanza, son irrenunciablemente íntimos. Ése es precisamente gran parte del trabajo de la psicoterapia, acompañar al cliente en su búsqueda y consecución de ese sentido, ayudándole a comprender las implicaciones de determinados acontecimientos ignorados, a vivenciar las emociones rechazadas, a tejer de nuevo los hilos que, una vez desenredados y reubicados, componen el resistente y hermoso tapiz del pasado de la vida de uno mismo. Sobre esto último volveré en un próximo post.

¿Solución? ¿Motivos para la esperanza? Aquí mi respuesta no es siempre la misma.

En algunos casos respondo que sí, que será la consecuencia natural de encontrar sentido a su situación, esa fe genuina de la que él aún no dispone. De este modo aporto yo, durante un tiempo no muy largo, la parte de fe y de esperanza que el cliente no tiene. Las llevaré yo por él y por mí, por un tiempo, hasta que las suyas resurjan en él. Forma parte del oficio, del amor a este oficio. Además la solución no se queda en algo cognitivo o teórico, la solución inevitablemente requerirá actuar: tomar decisiones difíciles, tener conversaciones históricas y aún más difíciles, mirar a su propio sufrimiento de frente, reconocer y soltar la rabia acumulada, dejar salir y ejercer el agradecimiento y amor originales, avanzar, dar pasos hacia adelante, abordar nuevos proyectos… Si creo que el cliente está dispuesto a todo esto, aun sin ser él consciente de ello al principio, nos ponemos a trabajar.

En otros casos respondo que no, que todo lo que he oído de su boca son quejas que sólo buscan seguir quejándose, que creo que él está demasiado cómodo en su papel de víctima, de enfermo, de problema, y que aunque haya venido a mí (a saber por qué pacto conyugal, familiar o afín entretenimiento…) en realidad no busca ni desea ninguna solución. Postura que respeto por completo, entiéndeme bien. Pero que igualmente me hace pensar que yo en ningún modo puedo aportar siquiera por una hora la fe y la esperanza en la solución que el cliente en verdad no busca. Así que le digo que no, que se ahorre su tiempo y su dinero, que no puedo hacer nada por él, que así como ha venido a mí él mismo no tiene solución. Y le digo esto – nada fácil de decir, créeme – porque creo que este acto de honestidad es lo único y mejor que puedo hacer por él (a veces hace despertar).

 

Para un desarrollo mayor de lo que entiendo por fe, y su relación con la psicoterapia y la religión, lee el post: “Psicoterapia, fe y religión”

 

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