Seamos el cambio que queremos ver en el mundo.

¿Otro mundo es posible? De lo que no cabe ninguna duda es de que éste es posible, estrecho y ancho mundo, recipiente de todos los juicios. En esto creo que habrá un amplio consenso.

Por lo demás el diagnóstico acerca de este mundo es tan variable como personas anidan su corteza, algo que nos distingue de todos los demás seres vivos, que lo pueblan y nutren sin desearlo distinto. Se trata de algo nuestro, somos los seres humanos los que imaginamos, valoramos y queremos eventualmente que las cosas sean diferentes de como son. Es una hermosa cualidad, amén de inevitable, que nos orienta en nuestros espacios de libertad, nos convierte en sujetos morales, nos arroja una y otra vez al cambio, tal vez progreso, y llegado el caso nos proporciona muchísima infelicidad. Por añadidura el deseo o la ausencia de deseo de un mundo diferente al que experimentamos es uno de los ejes que vertebran todas y cada una de las tradiciones religiosas de este mundo posible.

La mayoría de personas que he conocido que desean un mundo diferente lo hacen con rechazo, cuanto menos, del mundo que conocen. Con rechazo, tal vez con rabia, con indignación. Juzgan colosales errores históricos, buscan y encuentran malvados culpables e incautos inocentes, y cada cual si le apetece imagina su cielo o equivalente paraíso terrenal autosuficiente en el cual poner en práctica su rechazo ante lo-que-es. Desde la indignación y el enfado imaginan, actúan, crean, e intentan doblegar al presente mundo para que se adapte a sus querencias, invitan a las demás personas a la indignación y al cabreo, y se frustran cuando las cosas no salen como ellos han imaginado. Hasta ahora el esquema ha sido más o menos así, entre muchos de los “altermundistas” con los que me he ido encontrando, y también el mío propio, hasta hace algún tiempo.

Pero también, aquí y allá, he podido conocer a personas que siguen otra estrategia, y hacia las que me siento muy agradecido por su ejemplo. No se trata de renunciadores del mundo, ni de ascetas o predicadores del no-deseo. Tampoco creo que encajen en la categoría de altermundistas, realmente no sé si dejan espacio para las categorías.

Estas personas toman el mundo tal cual es. Toman todo lo que ha sucedido exactamente del modo en que ha sucedido. No son ignorantes ni ingenuos: conocen bien el mundo, la historia, las historias: las historias del mundo son esencialmente historias de pobreza y de sufrimiento, y ellos lo saben, lo saben y sienten, han llorado por cada uno de sus dolores y sin duda lo siguen haciendo de cuando en cuando, porque no queda más remedio.

Aún así, estas personas también conocen que el ingente volumen de sufrimiento que el hombre ha padecido a lo largo de los milenios no ha conseguido ni por asomo apagar sus ansias de vivir y de reproducirse. Así que con el tiempo han renunciado al deseo de administrar culpas, han descartado la ficción de sentirse inocentes, se han alegrado de la vida que han recibido, aunque para acceder a esa alegría hayan tenido que mancharse las manos. Son hombres y mujeres que agradecen la enorme vida que les ha sido dada, como un regalo al que han decidido de una vez por todas quitarle el envoltorio. Son personas tranquilas y activas, casi siempre risueñas, que aman sus vidas, el lugar y el momento en el que están, las personas que las rodean y el trabajo que desarrollan, casi siempre vocacional, que ponen al servicio de la vida. No son víctimas de nadie, no hay resquicio de queja en su charla, son esencialmente gratitud y disponibilidad.

Y desde ahí, desde ese lugar cambian el mundo con su quehacer, crían hijos, hacen propuestas en las reuniones de vecinos, viajan cuando pueden en todas direcciones y le hacen el amor a sus amantes. Desde ese lugar enseñan y aprenden, hacen negocios, pasan buenos ratos con los amigos y aportan lo que quiera que el mundo precisa de ellos, colaborando con él, con su ingente e inabarcable desarrollo, ininteligible para los pequeños mortales.

¿Otro mundo es posible? Sin duda sí, inevitablemente el mundo va cambiando, a cada segundo distinto del mundo que fue. La manera de estar en él es lo que hace la diferencia, la manera de cambiarlo, de influir con nuestra presencia y nuestro quehacer en el curso de las cosas. Yo, personalmente, me quedo con la segunda estrategia que he referido, que no opera desde el cabreo, que le invita a uno a sentirse afortunado, que no rechaza sino que incluye.

Una buena imagen al respecto es la de una fuente con vasos en diferentes niveles, en la que el agua mana desde el surtidor hacia el primer vaso, lo llena y al rebosar cae al siguiente vaso, que nuevamente inunda y desborda hacia un tercero y así sucesivamente. De este modo cada uno de los vasos se comparte, y no le queda más remedio que hacerlo, y lo hace con alegría, sin restarse a sí mismo, sin vaciarse. Es una imagen poderosa cuando pensamos en nuestra manera de relacionarnos con los demás y de “cambiar el mundo”, y estoy convencido de que es actuando de ese modo como nos hacemos realmente disponibles, y servimos mejor a la vida.

Ghandi lo dijo de un modo muy hermoso: “Seamos el cambio que queremos ver en el mundo”.

 

 

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    2 respuestas a Seamos el cambio que queremos ver en el mundo.

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